manuelagarizmendi1901
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Bio
Hola. Mi nombre es Luis Naranjo Rosas.
En mi escuela primaria, en el tercer grado, la maestra Ángeles nos encargó tarea de lectura en casa. Mencionó tres títulos de libros que anotamos en el cuaderno y debíamos seleccionar uno entre ellos. No recuerdo los otros dos, pero cuando mi mamá me preguntó cuál quería que me comprara le señalé "El Viejo y el Mar". Hasta ese momento, de la materia de Español sólo me gustaba la hora del dictado, que nos ayudaba a agilizar nuestra escritura y a seguir las reglas de puntuación. Los libros de texto no me agradaban porque me producían sueño en plena clase. El viejo y su mar, en cambio, me atrapó y me devoró completo. Era un domingo, lo recuerdo con claridad. Ese día no salí a jugar, ni a la pelota, ni a las canicas, ni a nada. Estaba como hipnotizado entre la soledad del océano, oyendo el chapotear de la barca, sintiendo el sol directo en mi espalda y buscando entre las olas al gran pez. Mi mamá no me interrumpió sino sólo a la hora de la comida. Terminé de leer ya tarde.
Luego vinieron otros libros. Dejaron de ser para mí un deber escolar leerlos (pero sí un placer), aunque no siempre había dinero para comprarlos. Mis padres eran trabajadores, pero tenía cuatro hermanos que también comían y vestían ropas. Un día me di cuenta que en casa había una pequeña biblioteca de cuatro o cinco libros gordos. Los hice míos. Me nació la pasión que luego se transformó en "enfermedad", porque incluso el librito del Catecismo fue mi víctima. Tenía nueve años. Era 1973.
Cuando cumplí catorce, murió mi madre. Sin saber las consecuencias que habría en el futuro, me entregué a cualquier lectura que hubiera por ahí: periódicos, revistas, otros libros. Tenía que ser así porque de otra manera me habría muerto de dolor por la pérdida de quien me dio la vida. Graciela.
No lloré durante varios años. Haberlo hecho habría significado aceptar que ella ya no estaba conmigo. En cambio, cuando cumplí veintidós de edad, salí huyendo a Estados Unidos con el pretexto de ir a trabajar. Allá encontré un colegio de Letras Latinas y me inscribí para tomar la carrera, que me pagué con mi sueldo. Bebí mucho alcohol, me embriagaba a diario, pero siempre traía un libro conmigo. Era el tipo raro que entraba a los bares a consumir y a leer al mismo tiempo. Me respetaban por eso. De los cuatro que estuve allá, dos años consecutivos bebí, día tras día, sin que faltara uno solo. En uno de ellos ocurrió un fenómeno, algo como un despertar, y entonces comencé a escribir, en pedazos de papel que arrancaba de por ahí, mis primeras palabras y pensamientos. Esos textos, al principio, fueron compañeros de mis vasos con brandy. Con el paso del tiempo, la lectura y escritura fueron desvaneciendo el ansia por beber, hasta que desapareció.
Cuando regresé a mi país ya no era la misma persona. Con la preparación obtenida en aquel colegio anglosajón se me dio acceso a una editorial con la labor de corrector de libros. Luego me moví a otra y luego a otra, en tanto iba redactando en casa mis primeros ensayos. El principal de ellos es autobiográfico. No he editado ni publicado nada de todo ese trabajo, pero creo que es momento de hacerlo ya.
Hoy tengo sesenta de edad. Quisiera dar un cierre a mi vida escribiendo y corrigiendo para quien me lo solicite. No soy una empresa sino un individuo que ama su idioma: el castellano. Escribo historias cortas de vida real y ficción. Drama, erótica, autobiografía, escolar o lo que me soliciten si está dentro de mis dominios. Mis costos son bajos, procurando la mejor calidad.
Me pongo a sus órdenes.